Wednesday, February 23, 2005

El pueblo del señor pescado

Estaba yo en este lugar, que olía a pescado, con gente que olía a pescado, con una víbora y un perro, la víbora se cubría con sus galas, era bella la víbora, me decía madre, pero en nada nos pareciamos, era algo asi como de costumbre. Congeniabamos mucho el perro y yo, yo quería al perro y el perro también a mi. Estabamos los tres en la cabaña del señor búho, nos cobró un tarrón de miel y azafrán por quedarnos en el pequeño cuarto. La víbora, el perro y yo saldríamos a pasear, a mirar la luna, seguir caminando, sentarnos, quemar bombones, comerlos, quemar más bombones, comerlos. De repente yo escuche el aullido de un lobo, y yo no quería seguir ahí, tenía miedo de que algo malo fuese a pasarnos y no dejaba de expresar mi descontento; la víbora comenzó a cansarse de mi y aunque no podía clavarme sus colmillos, pues habría de ser mal visto por el perro, si logró envenenarle el pensamiento, y el perro comenzó a parecerse a la víbora, se perdieron lejos, y yo estaba sola. Estuve sola esa noche, pero ya no me trae mal sentimiento, solo aprendí que no solo las víboras reales muerden, las otras también y peor, y aunque el perro sea el mejor amigo del ser humano ciego, tarde o temprano se le pega la ceguera.
Las cosas del pasado con un poco de ocio y tecnología recobran vida escrita.
Los veo hasta marzo, de seguro.