La noche, esta carcomiendo mis últimas onzas de energía, y en cada descarga, sobreviene una punzada que hunde cualquier tono de normalidad. Aquellas grises, pero tiernas, son las voces escogidas para hacerlas mi compañía en el trayecto a caer, a terminar dormida.
Siempre hubo algo más que pudo haber sido dicho; quién no repasa en las memorias, los detalles, quién no se lamenta, después de percartarse de que quizá el 3 pudo haber sido 4, y el 2, 1. La velocidad del arrepentimiento es proporcional a la aplicación de lo debido. Pero hasta aquí nada ha sido debido, y que se hagan las cuentas.
Son tantos los factores que esparcen la punzada de mi hígado a mi hipófisis, pasando por la aorta, para terminar en mis ojos, y en mis mejillas, y en mis dedos. Son tantos cuando nada se tiene por hacer, y la pasividad colabora, la continuidad la persigue, pero igual como comienza, termina, para quizá después regresar sin ser invitada.
Pude haber, pudo haber sido que pudiese haber, quizá hubiese podido ser.
Quizá lo hubo, quizá se pudo, quizá lo fue.
Pero si así fue, pasó por enfrente y ni cuenta me di, o lo tuve en mis manos, sin saber que era, y lo tiré.
Creo que no se si se fue, si yo lo moví a irse, o si es que nunca estuvo, o estuvo talvez.
En realidad no conocemos las palmas de nuestras manos.