Que triste puede ser a veces la tristeza
cuando a un simplemente no le cae el veinte,
cuando se hace presente, se sube, se mueve, deambula a su antojo;
cuando deja de ser disfrutable.
Cuando no es una posibilidad, sino un hecho.
A través de la tristeza se mira verde, verde vejiga,
luego el verde desaparece, se diluye en lágrimas que caen en la alcantarilla del desasociego, de esa especie de irrazonable desesperación.
La tristeza no es más que una encuesta que interroga, cava en lo ajeno.
Entra sin tocar a la puerta, se pone cómoda, se apodera y ramifica suavemente sus ilimitadas cuestiones, segregando a su paso sal; maldita sal, bendita sal.
El poder está ahí para quien quiera ser poderoso.
La tristeza para quien le guste ser cuestionado, le guste responderse, o le guste darle un matiz masoquista a sus preferencias.
Que triste es el color verde.